lunes, 27 de febrero de 2012

Los sonidos de Andrés


La historia de este asturiano sordo de 31 años coincide exactamente con las tres décadas del proceso de integración educativa en Asturias


La historia de Andrés es la historia de la integración escolar en Asturias. Andrés tiene 31 años, es sordo, trabaja, completó sus estudios superiores, vive en Oviedo en un piso adaptado a su singularidad y tiene mucho que contar. Él, pero también sus padres, Purificación Pérez y Ricardo Vázquez. La de esta familia es una historia de dificultades, de retos personales compartidos. Retos superados.



Andrés junto a sus padres, Pura Pérez y Ricardo Vázquez. Nacho Orejas

Andrés llegó a Oviedo cuando estaba a punto de cumplir los cuatro años. Su padre, Ricardo Vázquez, recuerda aquel cambio fundamental en la familia: «Vivíamos en Boal cuando al niño le diagnosticaron sus problemas de sordera. Nos enteramos que en Oviedo funcionaba un aula en el Colegio Público Buenavista II, disgregada de la Fundación Vinjoy, vimos cómo se trabajaba allí y decidimos venir».

Era el curso 1983-84. Aquella aula tenía mucho de experimental, y seguía adelante más por voluntarismo que por una adecuada organización de recursos educativos a las necesidades especiales. Cuando Educación impuso mediante decreto que Buenavista II se convirtiera en colegio de integración, muchos padres se lo tomaron a la tremenda. Y en las páginas de LA NUEVA ESPAÑA de aquellos años se reflejaba esa tensión. Una escena estremecedora para recordar: pitada de padres, con silbato, para acompañar la entrada de los niños con minusvalía. Parece una locura, pero de esa locura tan sólo hace menos de tres décadas. Con la mirada en un pasado muy cercano, Purificación y Ricardo se sorprenden «de lo que ha evolucionado todo en 27 años. Hoy sería impensable que un profesor eche a un alumno de clase por una discapacidad».

La presencia de los niños sordos en las clases era potestativa del profesor. «Andrés se pasó dos años en el colegio sin libro de escolaridad», recuerda la familia. «Para el centro escolar Andrés simplemente no existía». Había todo tipo de reticencias, algunas no justificables pero sí en cierto modo explicables: «Nos encontramos con profesores con treinta años de servicio y a los que de repente les metías a unos críos que se suponía que iban a dar problemas en la clase». Y sin estar profesionalmente preparados para el reto.

Aquel año de 1983 iba a traer a la enseñanza asturiana una novedad en forma de nombramiento, el de Vicente Álvarez Areces como director provincial. Con él llegó José Luis Iglesias Riopedre, segundo de a bordo y responsable de los programas educativos. «Los dos creían en la integración» y eso a la larga se notó.

Andrés sufre una pérdida casi total de su capacidad auditiva. «Después de muchas pruebas en el hospital Ramón y Cajal, en Madrid, nos dijeron que Andrés estaba condenado a no pasar de la lengua de signos». Pero frente a lo «inevitable» nada como ponerle cara y hacerle frente. El niño superó con muy buenas notas la Primaria, por las tardes tenía clases de apoyo y de logopedia. Y detrás en todo momento, la familia.

La familia de Andrés es especial por su capacidad de lucha. Ricardo Vázquez y Purificación Pérez estaban entre el grupo que fundó la Asociación de Padres y Amigos de Deficientes Auditivos de Asturias (APADA) y participaron desde el primer momento en la Asociación de Padres del colegio de su hijo y en el consejo escolar. APADA se funda en 1994. Desde entonces, y ya han pasado casi veinte años, se ha convertido en una asociación de «padres guía», gente que ha pasado por una experiencia y que puede orientar a otras familias en similares circunstancias. «Orientamos, pero no decidimos». Sirven de ejemplo «que demuestra que una persona sorda puede llegar a hacer una vida normal. Andrés, y otros como él, son la mejor de las pruebas».

Los tres recuerdan a una maestra del Buenavista II, Argentina, y a Montse, desde los despachos de la Administración. Y a María Ángeles Ramos, desde la dirección del colegio. Las tres involucradas hasta el tuétano. No eran las únicas, pero tampoco eran mayoría. Los mayores problemas estaban por llegar y comenzaron cuando Andrés inició la Secundaria. «Me matricularon en el IES Fleming, en Oviedo, un centro que era de integración. Aquello fue muy duro, llegué a perder la ilusión por los estudios; una pesadilla». En cuanto el profesor o la profesora se descuidaban, se olvidaban de que en clase había un joven con discapacidad auditiva y comenzaban a explicar -escribiendo en la pizarra- de espaldas a la clase. Y Andrés sin enterarse de nada.

http://www.lne.es / Eduardo GARCÍA

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