martes, 24 de agosto de 2010

. EN EL PAÍS DE LOS SORDOS (1992)

03. EN EL PAÍS DE LOS SORDOS (1992)
En 1983, un grupo de psiquiatras le ofreció a Nicolas Philibert la oportunidad de embarcarse en un proyecto sobre el lenguaje de signos que incluía la realización de varias películas educativas. Aunque la iniciativa nunca llegó a concretarse, el descubrimiento del particular y autosuficiente universo en el que desarrollaban sus vidas las personas sordas supuso una revelación para el cineasta francés y terminaría convirtiéndose en En el país de los sordos, la que se reveló como la mejor película del ciclo —junto a Ser y Tener (2002)— y la sorpresa del mismo, toda vez que esta última venía precedida por su inesperado éxito en taquilla y el revuelo crítico que había despertado. «Al descubrir la belleza del lenguaje de signos, el sorprendente arco de sus posibilidades, y la importancia de los detalles visuales para los sordos, la agudeza de su observación, la increíble memoria visual que poseen, comencé a pensar que un film sobre las personas sordas sería como trabajar con la esencia misma del cine»(1). Es difícil no sentir esa llamada primigenia durante la película de Philibert: los silencios, la gestualidad, el asombro ante un nuevo lenguaje, su desnudez —en suma— nos remiten a la infancia del cine y a la experiencia del primer espectador.
En el país de los sordos comienza con una auténtica declaración de principios: ¿pueden las personas sordas “escuchar” e interpretar música leyendo una partitura? La respuesta es afirmativa, como descubriremos en su escena de apertura: un cuarteto silente toca, sin otro instrumento que sus cuerpos, una pieza de cámara con los precisos movimientos de sus brazos, como directores de orquesta sin orquesta(2). Nunca habrá tenido mejor representación gráfica ese “ninguna-parte sonoro” con el que el insomne Ciorán definía en su Breviario de los vencidos ese lugar indefinido en el que nos encontramos bajo el hechizo de la música.
Jean-Claude Poulian



Tras este primer impacto, En el país de los sordos continuará invirtiendo calladamente nuestro concepto de “normalidad”, descubriéndose a golpe de revelación y sembrando un delicado clima de empatía con la comunidad sorda. Para ello, Philibert se sirve —al igual que haría diez años después en Ser y tener— de la figura central de un enseñante, el gran Jean-Claude Poulian, un profesor sordo de lenguaje de signos, que actuará de interlocutor pertinaz a lo largo del filme. Frente a la tradicional figura del contador de historias, en el material promocional del ciclo se define a Poulian como un “gesticulador de historias”, una denominación certera dada la capacidad comunicativa —y la pasión— del maduro profesor, que nos inunda con su gesticulante locuacidad. Poulian, que sufrió las consecuencias de una educación anquilosada y brutal que le ataba las manos a la espalda para obligarle a hablar, se ha convertido en un ferviente defensor de la enseñanza bilingüe de los lenguajes sonoros y los de signos.

Un mundo silencioso

Para entender la importancia de esta normalización, Philibert elige una clase de niños sordos que, con gran dificultad, dan los primeros pasos en su aprendizaje y entrevista a un amplio espectro de personas que nos transmiten, con desarmante naturalidad, parte de los problemas que han de afrontar por su condición a lo largo de su vida. Muchas de ellas viven, según nos dicen, una vida tan plena (o tan vacua) como puede ser la nuestra, pero lo hacen inmersos en un mundo silencioso, estanco e impermeable, en el que los sordos se casan con sordos y los padres desean que sus hijos nazcan privados del sentido del oído, pues no consideran su ausencia como una tara sino todo lo contrario. Como nos cuenta Poulian al respecto de su hija oyente: «Había soñado con tener una hija sorda, la comunicación hubiera sido más fácil. Pero la quiero igualmente».
Otro de los entrevistados nos explica la situación de su familia donde todos los miembros son sordos de nacimiento menos una “pobrecita” que tuvo la desgracia de nacer con su sentido del oído intacto y que se siente desplazada en medio de su familia. A pesar del cálido humor con el que están filmadas, estas declaraciones no dejan de provocar extrañeza y cierta tristeza, pues la deseada normalización nunca podrá realizarse si los sordos continúan desarrollando una existencia paralela y, en cierto modo, aislada a la del mundo exterior. Aunque, ¿quién puede culparles? Un aparte tranquilo siempre nos parecerá romo y acogedor frente a un mundo demasiado afilado. Vive la différence!… qué utópico grito.

Pero no nos dejemos llevar por el pesimismo; nada más lejos de la intención de Philibert que el amarillismo o la zafia acumulación de anécdotas más o menos emotivas, más o menos tópicas, a los que nos tienen acostumbrados los reportajes televisivos “de investigación”. Casi sin darnos cuenta, el cineasta francés ha volteado con gesto decidido su tortilla de nitratos y su vivaz narración nos sitúa ante un grupo de amigos que recibe a unos estudiantes extranjeros de intercambio. Todos ellos son sordos. Poco a poco, comienzan a conocerse y a enlazar complicidades. En sus manos descubriremos que, al contrario de lo que se suele pensar, el lenguaje de signos no es internacional y existen diferencias entre los distintos países, variantes que en seguida se ven superadas por la ductilidad mimética de los signos. Llegado el momento, asistiremos a la emotiva despedida cuando los visitantes hayan de partir, pero Philibert se mantiene muy lejos de cualquiersentimentalismo. La sobriedad y la distancia del punto de vista elegido provocan una limpia pureza en la mirada que los espectadores dirigimos hacia estas personas, muy de agradecer ante la impudicia audiovisual que nos rodea en la actualidad.

En el país de los sordos...

Ante las muchas entrevistas realizadas por Philibert o las charlas entre personas sordas que se comunican entre ellas mediante signos, el espectador que desconozca este lenguaje comienza a sentir, con cierta extrañeza, que se está perdiendo algo. Philibert (que durante el rodaje logró aprender este lenguaje) mantiene concienzúdamente los planos mientras, en medio de un silencio plenamente consciente, un torrente de comunicación silenciosa nos asalta. Incapacitados para interpretar la desbordante gestualidad, nada comprendemos hasta que unos salvadores (y reticentes) subtítulos nos acercan sólo una parte del significado oculto de los signos que estábamos percibiendo. La banda de sonido original en francés permanece muda; Philibert reniega de la voz en off —que de haber sido usada aquí hubiera resultado abyecta— para crear en el espectador la necesidad de que los subtítulos “traduzcan” ese lenguaje desconocido. De esta manera, el cineasta francés consigue establecer, de manera didáctica y natural, una relación de igualdad entre el lenguaje de signos y nuestros lenguajes sonoros.
A este respecto, mis sensaciones ante el filme de Philibert se vieron complementadas por el contexto en el que tuve la suerte de ver esta película, pues compartí auditorio con un grupo de personas sordas. En algunas escenas sus reacciones eran similares a las de los oyentes pero en otras respondían a estímulos imperceptibles para nosotros; y en todas se movían con varios gestos de ventaja al comprender, sin necesidad de subtítulos, lo que se decía en pantalla. Los oyentes estábamos incapacitados para captar la variedad de matices que teníamos delante de nuestro(s) sentido(s). “Para oír, veo” dice el vivaraz Florent, uno de los niños de la película, una frase rotunda y una excelente manera de percibir la desazonante —y por lo tanto necesaria— sensación de sentirnos, por una vez, en clara inferioridad frente a los que no oyen con sus oídos, pero sí “escuchan”.

Acostumbrados a la cotidianeidad de lo sonoro, la pulsión silente del lenguaje de signos logra despertar nuestra adocenada percepción. Alejadas de púlpitos y doctrinas —fílmicos o sociales—, modestas, las imágenes de Philibert se muestran limpias y rezumantes a quien quiera observarlas; no prentenden enseñarnos nada, pero aprendemos con ellas. En el país de los sordos es una hermosísima película que debiera ser de obligada visión, aunque para ello necesitaría abandonar, claro está, los ignominiosos almacenes en los que duerme más allá ciclos como el que nos ocupa.

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